Alfonso X el Sabio

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Alfonso X, conocido como el Sabio (Toledo, 23.XI.1221 – Sevilla, 4.IV.1284), era hijo del monarca castellano-leonés Fernando III y de su esposa la princesa alemana Beatriz de Suabia. Alfonso X fue rey de Castilla y León entre los años 1252, fecha de la muerte de su padre, y 1284, año de su muerte.
Su infancia la pasó lejos de la Corte, al cuidado de un importante magnate de la nobleza, que se llamaba García Fernández de Villamayor, señor de Villadelmiro y Celada. Buena parte de aquella etapa la vivió el joven príncipe Alfonso en las tierras gallegas. De todos modos es preciso señalar que en su infancia Alfonso recibió una sólida formación intelectual, punto de partida indiscutible de su futura proyección en el campo de la cultura.
En 1231, cuando el joven Alfonso sólo tenía diez años de edad, participó en una cabalgada hacia las tierras de los moros. La muerte de su madre, en el año 1235, dejó una profunda huella en Alfonso. En el año 1240 su padre, Fernando III, decidió poner a su hijo Alfonso nada menos que una casa propia. En su etapa de príncipe heredero, Alfonso, combinando sabiamente la diplomacia y las armas, logró la incorporación del reino taifa de Murcia —a cuyo frente se hallaba un personaje llamado Ibn Hud—, a la Corona de Castilla. En el año 1243 se envió una embajada castellana, presidida por el infante Alfonso, a las tierras murcianas. En la localidad de Alcaraz se firmó un interesante pacto entre los dos bandos, el cristiano y el musulmán. El taifa cristiano se comprometía a entregar parias a la Corona de Castilla, a cambio de ser protegido por los cristianos. Aquel pacto, no obstante, fue mal visto por un sector de la población musulmana de las localidades de Cartagena, Lorca y Mula, lo que obligó al infante Alfonso a actuar militarmente para conseguir sofocar dichas revueltas. En el año 1245 las tres localidades citadas se habían rendido definitivamente a los cristianos.
Una vez en el Trono, Alfonso X, prosiguiendo la labor desarrollada por su padre en tierras de Andalucía, incorporó a sus dominios la zona suroccidental del valle del Guadalquivir. Hitos decisivos de aquella labor fueron la toma de la importante ciudad portuaria de Cádiz, acaecida en el año 1262, y posteriormente la ocupación del antiguo Reino de Niebla, coincidente con buena parte de la actual provincia de Huelva. Asimismo, en el año 1260, Alfonso X puso en marcha una cruzada dirigida hacia las tierras del norte de África, en donde las tropas cristianas llegaron a conquistar la ciudad de Salé, aunque al final terminaron por abandonarla. Ahora bien, unos años después, en concreto en 1264, tuvo lugar tanto en las tierras de la Andalucía Bética como en el Reino de Murcia una fuerte sublevación de la población mudéjar.

El reinado de Alfonso X fue testigo del importante impulso dado al proceso repoblador, fundamentalmente en las tierras del valle del Guadalquivir y del reino de Murcia. Un ejemplo sin duda emblemático lo constituye la repoblación de la ciudad de Sevilla y de su alfoz,. Los mudéjares se vieron obligados a salir de la ciudad de Sevilla, debido a la larga resistencia que habían ofrecido. Sus huecos fueron ocupados por los repobladores, procedentes de muy diversos lugares, aunque básicamente originarios de las tierras de la Meseta norte y, en segundo lugar, de la zona del valle del Tajo.
En otro orden de cosas es preciso señalar el importante significado que tuvo para Alfonso X su aspiración al título de emperador germánico. Ese acontecimiento es conocido en las fuentes de la época como “el fecho del Imperio”. Alfonso X, que era hijo de una princesa alemana, perteneciente a la familia de los Staufen, presentó su candidatura al título imperial germánico después de que se lo suplicara una embajada que vino a las tierras hispanas, en el año 1256, desde la ciudad italiana de Pisa. Los emisarios pisanos le consideraron a Alfonso X nada menos que “el más distinguido de todos los reyes que viven”, así como “el más cristiano y más fiel”, a la vez que le indicaban “que descendéis de la sangre de los duques de Suabia, una Casa a la que pertenece el Imperio con derecho y dignidad por decisión de los príncipes y por entrega de los Papas de la Iglesia”. Alfonso X, después de aceptar aquella sugestiva sugerencia, fue elegido emperador el día 1 de abril del año 1257, intitulándose “Rey de Romanos y emperador electo”. Pero al mismo tiempo tuvo lugar, sin duda de manera sorprendente, la elección imperial de otro candidato a dicho título: el inglés Ricardo de Cornualles. Alfonso X, pese a todo, indicaba que él había sido elegido emperador. A partir de aquel momento se inició una áspera y fuerte disputa entre los dos electos por el Trono imperial germánico. Aquella pugna acabó en el año 1273, fecha en la que accedió al título imperial germánico un miembro de la familia de los Habsburgo, de nombre Rodolfo. El definitivo fracaso de Alfonso X en su aspiración al título imperial germánico perjudicó otras facetas de su actividad, tanto en el terreno político como en el económico. Tampoco tuvo mucho éxito Alfonso X en su intento de incorporar a la Corona de Castilla el territorio del Algarve, que estaba situado en el sur de Portugal, el cual finalizó por ser incluido en el vecino reino lusitano. Asimismo es preciso señalar que Alfonso X hubo de renunciar a sus hipotéticos derechos al ducado francés de Gascuña.
El reinado de Alfonso X fue de suma importancia en el ámbito de la vida económica. No sólo se pusieron en marcha durante aquel reinado numerosas ferias, sino que, al mismo tiempo, se instituyó, en concreto en el año 1273, el “Honrado Concejo de la Mesta”. Su política fiscal motivó un gran descontento, tanto en los concejos como en la alta nobleza, protagonista de una revuelta contra el rey Alfonso X en el año 1272. Por ota parte, Alfonso X pretendía uniformizar a sus reinos desde el punto de vista legislativo. Para llevar adelante esos planes elaboró, con el concurso de destacados juristas, entre los que destaca el italiano Jacobo el de las Leyes, diversos textos jurídicos, como por ejemplo el Fuero Real, el Espéculo, libro que serviría en adelante de base para la actuación de los jueces, y, sobre todo, las denominadas Siete Partidas, la cual constituía una imponente compilación doctrinal. La primera Partida se refiere a las fuentes y al derecho de la Iglesia; la segunda trata de los emperadores y los reyes o si se quiere del Derecho Político; la tercera alude al Derecho Procesal; la cuarta trata de los desposorios y casamientos; la quinta de las compras y ventas; la sexta de cuestiones relacionadas con el Derecho Civil; y, como remate, la séptima del Derecho Penal. Sin duda alguna esos textos se inspiraban, esencialmente, en la tradición del Derecho Romano. Por otra parte Alfonso X dio también importantes pasos para lograr fortalecer el poder regio.
En las Partidas se afirma que “Vicarios de Dios son los Reyes cada uno en su reyno, puestos sobre las gentes para mantenerlas en justicia e en verdad quanto en lo temporal, bien assí como el Emperador en su Imperio”. Asimismo se identificaba en aquel tiempo a los reyes y a los emperadores al afirmar que rex est imperator in regno suo. Alfonso X quería “innovar, crear Derecho y facer leyes”. Por lo demás Alfonso X instituyó cargos nuevos, como el de almirante, persona a la que se le encomendaba el gobierno de la actividad marinera, y los de los adelantados, los cuales tenían básicamente atribuciones judiciales aunque también podían desempeñar funciones de carácter militar. Asimismo conviene señalar que durante el reinado de Alfonso X se fortaleció la institución de las Cortes, generalizada para los reinos de Castilla y de León.
Pero posiblemente la faceta más llamativa del reinado de Alfonso X fue la que tuvo que ver con el mundo de la cultura. El Monarca, según lo pone de manifiesto un documento de aquel tiempo, fue “escodriñador de sciencias, requeridor de doctrinas e de enseñamientos”. El principal legado transmitido a la posteridad por Alfonso X fue su patronato y su contribución personal a todas las ramas del saber y del arte. El Monarca castellano-leonés era, por supuesto, el dirigente de un vasto programa, que abarcaba campos muy variados, como la astrología o la historia.
Al monarca Alfonso X, justo es indicarlo, le interesaba mucho el mundo de los astros. En el terreno de la astronomía, o si se quiere de la astrología, expresión generalizable en aquel tiempo, se hicieron en el reinado de Alfonso X numerosas traducciones, entre ellas el Libro de la Açafea, el Libro de la ochava esfera, el Libro de las Armellas y el Libro del astrolabio redondo. Pero al mismo tiempo se llevó a cabo, durante el reinado de Alfonso X, una obra astronómica original: el libro que publicaron dos expertos judíos, Ishaq ben Sid (o Sayyid) y Yehudé ben Mosé, los cuales habían efectuado importantes observaciones en el firmamento de la ciudad de Toledo, entre los años 1263 y 1272, las Tablas astronómicas alfonsíes.
Por lo que se relaciona con el ámbito de la historia el Rey Sabio impulsó la redacción de una especie de historia universal, la Grande e General Estoria. Pero el trabajo de índole histórica más importante que se efectuó en tiempos de Alfonso X fue la denominada Primera Crónica General de España. Dicha obra ofrece, siguiendo la línea del famoso escritor visigodo Isidoro de Sevilla, varias “Laudes Hispaniae”. Alfonso X, que estudia en la Primera Crónica General de España lo acontecido hasta el reinado del monarca castellano Alfonso VIII, apoyándose para ello en los más significativos cronistas del pasado, como Lucas de Tuy y Jiménez de Rada, no deja de señalar el importante papel ejercido, aparte de los cristianos, tanto por los musulmanes como por los judíos.
El reinado de Alfonso X conoció asimismo la publicación, por el franciscano fray Juan Gil de Zamora, de una interesante obra titulada Historia naturalis. En ella destacan las diversas referencias al mundo de la medicina, con alusiones frecuentes a médicos de la época griega, como por ejemplo Galeno, pero también a médicos árabes, entre ellos Avicena. También fue de un gran relieve la obra poética de Alfonso X, cuyo testimonio más importante fue las Cantigas, escritas en lengua gallega, que el Monarca castellanoleonés consideraba un idioma mucho más apropiado para la lírica. También hay que destacar el decisivo papel que el Rey Sabio dio a la lengua castellana, en la cual se efectuaban las traducciones que se realizaban en la escuela de Toledo. Es más, en castellano se elaboraron las obras originales de aquel tiempo.
Como dijo en su día el filólogo Emilio Alarcos, la lengua castellana “fue literariamente normalizada en el siglo XIII”. Asimismo impulsó Alfonso X el cultivo de la música, de los juegos, en particular del ajedrez, e incluso de las artes plásticas, plasmadas tanto en el estilo gótico de inspiración francesa como en el arte de procedencia islámica. No es posible olvidar, por otra parte, el impresionante empuje que dio el rey Alfonso X a la Universidad de Salamanca, en donde decidió fundar, en el año 1254, varias cátedras.
Una faceta sumamente interesante del reinado de Alfonso X fue la relativa a las relaciones que mantuvo con las minorías musulmana y judía. En un principio Alfonso X llevó a cabo una fuerte lucha contra los musulmanes de al-Andalus e incluso contra los islamitas que estaban afincados en el norte del continente africano. Es más, si se acude a los textos legales de la Corte alfonsina, y en concreto a Las Partidas, se encuentran opiniones negativas tanto hacia los musulmanes como hacia los judíos. Respecto a estos últimos se puede leer en Las Partidas que los hebreos vivían en tierras de cristianos “como en cativerio para siempre e fuese remembranza á los homes que ellos vienen del linage de aquellos que crucificaron a nuestro señor Jesucristo”. Tampoco es posible la imagen que se proyecta en Las Partidas acerca de los musulmanes, de los que se afirma que eran “una manera de gentes que creen que Mahoma fue profeta e mandadero de Dios”. Pero esos puntos de vista no impidieron, ni mucho menos, que hubiera una excelente comunicación entre las gentes de las tres religiones citadas, sobre todo en lo que se refiere al ámbito de la vida intelectual. Los judíos supusieron un cuarenta y dos por ciento del total de los colaboradores de Alfonso en el ámbito de la cultura, interviniendo a su vez en un setenta y cuatro por ciento de todas las obras realizadas en aquella época.

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