Callejero Cultural. Miguel Hernández

Nació en Orihuela (Alicante) el 30 de octubre de 1910, en una familia dedicada al comercio y cuidado de cabras y ovejas. En su casa, lo de escribir versos se veía como una auténtica pérdida de tiempo. Su padre, un tratante de ganado bastante severo, decidió sacarlo de la escuela cuando apenas tenía catorce años para ponerlo a trabajar a tiempo completo en el monte. Para cualquier otro muchacho, aquello habría significado el final del sueño, pero Miguel empezó a llevarse los libros al campo escondidos en el zurrón. Mientras las cabras pastaban, él se empapaba de clásicos como Cervantes, Góngora o Lope de Vega. En aquellos días solitarios, usando como escritorio las piedras de la sierra y un humilde diccionario como enciclopedia particular, empezó a afilar una pluma que poco a poco llamó la atención de los curas y eruditos locales.

El salto profesional a la capital no fue tan fácil como esperaba. Su primer viaje a Madrid en busca de fortuna fue un fracaso del que volvió con los bolsillos vacíos, pero él no estaba dispuesto a tirar la toalla. En su segundo intento, logró meter la cabeza en los círculos literarios y se ganó la admiración incondicional de pesos pesados como Vicente Aleixandre y Pablo Neruda. Tras debutar con un libro de corte muy clásico y técnico titulado Perito en lunas (1933), su trayectoria despegó definitivamente con su obra maestra: El rayo que no cesa, publicada a principios de 1936. En este poemario vibrante sobre el amor y el dolor incluyó su inmortal Elegía, dedicada a la repentina muerte de su amigo de juventud Ramón Sijé, con unos versos que todavía hoy ponen un nudo en la garganta a quien los lee.

Cuando estalló la Guerra Civil, Miguel no se quedó en la retaguardia escribiendo cómodamente desde un café. Y aquí viene un detalle fascinante de su biografía que demuestra de qué pasta estaba hecho: se alistó como voluntario y se llevó su máquina de escribir literalmente a las trincheras. Entre los disparos y el barro del frente, tecleaba sus poemas y usaba un enorme megáfono de chapa para recitarlos a gritos, intentando levantar la moral de las tropas aliadas. De aquella época de pólvora nació Viento del pueblo (1937), un libro donde su poesía se volvió de golpe mucho más directa, combativa y pegada al sufrimiento de la gente de a pie.

Miguel Hernández vivió una historia de amor con Josefina Manresa que estuvo fuertemente marcada por la tragedia de la Guerra Civil. Tras conocerse en Orihuela cuando ella era una joven modista de 17 años y él un aspirante a poeta, superaron altibajos y distancias hasta casarse en 1937. Su vida juntos sufrió durísimos golpes, como la pronta pérdida de su primer hijo y la separación obligada por el conflicto bélico y la posterior cárcel del poeta; sin embargo, ese vínculo se mantuvo vivo gracias a una intensa correspondencia de más de 300 cartas. Convertida en musa de sus versos amorosos, Josefina inspiró algunas de las obras más emotivas de Miguel, entre ellas las célebres Nanas de la cebolla, escritas desde prisión tras recibir una carta donde su mujer le contaba que sólo tenía pan y cebolla para alimentar su segundo hijo.

Lamentablemente, su final es uno de los capítulos más tristes de nuestra cultura. Al terminar la guerra, intentó cruzar a Portugal pero fue delatado y detenido en la frontera, iniciando un calvario de cárcel en cárcel: Madrid, Palencia, Ocaña... Entre 1938 y 1941, encerrado en unas condiciones inhumanas, sacó fuerzas de flaqueza para escribir su últimos poemas en unos cuadernos que guardó su mujer y que se publicaron en 1958 como el Cancionero y romancero de ausencias. La tuberculosis lo consumió rápidamente en la prisión de Alicante, donde murió cruelmente el 28 marzo de 1942, con solo treinta y un años.

Ramón Sijé, su "compañero del alma"  Un genio que rompió todos los moldes
La prensa y distintos sectores le rindieron homenajes por el Nobel, que muchos presentaron como un triunfo de España; sin embargo, el recibimiento no fue completamente unánime porque también hubo hostilidad y críticas en los círculos literarios. Miguel Hernández demostró que no hace falta criarse rodeado de estanterías repletas de libros, hablar varios idiomas y pisar los pasillos de una buena universidad para revolucionar la historia de la literatura. Se puede pasar de ser pastor de pueblo a convertirse en una de las voces más auténticas y descarnadas de la poesía española.